Y entonces los cerdos llegaron, uno era alto, con una cola retorcida como el gesto que hacía cuando llegaba a trabajar y se sentaba frente a la compu, el otro compinche suyo y amigo del dogma que la madre de Minn profesaba, subieron las escaleras y aventando su asqueroso aliento a desayuno de las 9:40 a.m. le dijeron a La infeliz, ¿quieres algo de desayunar? mientras que Minn miraba con sus 6 ojos como salían por cada orificio de su maloliente piel, el sudor diurno propio de un cerdo acabado de comer.
La Infeliz, que como siempre sentada, lamía las millares de llagas que había acumulado desde su nacimiento hasta ese día les contesto: -¿que comerán?- Ellos respondieron casi al mismo tiempo - ¡lo sabremos cuando estemos ahi!. La infeliz guardó silencio, se sacudio y al sacudirse cayeron infinidad de costras que recogió con un cepillo y las metió a su boca, los cerdos la miraron y le dijeron -¡es que siempre nos reclamas de no invitarte!- mientras pellizcaban las migajas de costras quedadas entre los espacios vacios del cepillo.
-¡Traiganme algo rico!- dijo al fin la Infeliz. Los cerdos sonrieron mostrando sus dientes amarillos como semillas de mazorca y bajaron las escaleras dispuestos y encantados de volver a comer.
jueves, 3 de mayo de 2007
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